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Haikus al despertar

¿Y si el tiempo no pasara en todos sitios por igual?...¿Y si el tiempo no pasara por todos los sitios?...

En este mundo imaginario hay calles en las que siempre es de día y son las doce, hora de tomarse el aperitivo. En otras calles siempre estaría anocheciendo y el sol nunca se pondría del todo, y la luna tampoco saldría del todo, por lo que ambos serían muy amigos ya que pasan todo el tiempo juntos en el cielo, tumbados en las nubes. La luna le sopla al sol porque éste tiene siempre mucho calor y en el cielo no tienen limonadas.

La gente en realidad no tiene muy claro si amanece o anochece y hay largas discusiones sobre ello en los bares, que siempre están abriendo o cerrando. Tampoco está muy claro si es la hora de levantarse o de acostarse, así que hay gente que se acuesta una y otra vez y otros que leen el periódico con una taza de café antes de que llegue la hora de irse al trabajo, ¡que nunca llega!

Mucha gente pasea, unos caminan hacia la puesta admirando los tonos claros y dorados del cielo y otros lo hacen hacia la luna, rodeada por un cielo azul oscuro que nunca termina de oscurecerse.La luna y el sol tienen que hablar a gritos porque están muy lejos y cuando se ponen afónicos se mandan palomas mensajeras, anhelando el día en que puedan abrazarse y tener un hijo de color mezcla entre plata y dorado.Los habitantes del lugar están muy contentos de tener siempre a los dos famosos astros en el cielo, aunque esto tenga las inconveniencias ya citadas.A los presos nunca les llega la hora de la salida y cuentan mariposas en lugar de los días. Sólo las estrellas más brillantes podrían hacerse ver en ese cielo, las demás al final acabarían por buscarse otro cielo en el que poder relucir siquiera unas horas al día.

Todo el mundo sería más bien blanquito porque no da lo suficiente el sol como para ponerse moreno. Los morenos de otros lugares apenas se verían aquí. Y los blancos procedentes de sitios donde siempre es de noche serían llamados “seres de luz” porque se les ve como iluminados en un lugar así.

Allí no existe el almuerzo, sólo el desayuno o la cena, que se realiza según si la familia cree que anochece o que amanece. Los que no se decantan por ninguna opción son los únicos que han probado las dos cosas, aunque ni siquiera a éstos se les ha ocurrido nunca almorzar. 

Hay gente muy cansada como el que termina su jornada de trabajo y otros en cambio que andan como sonámbulos por las casas con el pijama puesto, como recién levantados.

Algunos vecinos envidian a los que viven en sitios donde siempre es totalmente de noche o de día porque allí no cabe lugar a dudas sobre el momento en que se vive. En cambio a ellos nadie les dijo desde el principio si en esa calle amanecía o anochecía, sino que hay varias versiones de lo sucedido, lo que les obliga a adoptar una especie de creencia, que implica formas de vida distintas.

Pero se consuelan compadeciéndose de las pobres gentes que tienen que soportar días y noches seguidos, ya que no conciben la vida del hombre en un lugar tan cambiante. Donde hay tantos momentos distintos a lo largo del día cambia nuestra visión del mundo sin cesar. Ya no se trata de elegir entre amanecer o atardecer y vivir de acuerdo con ello, sino que al seguirse momentos distintos no hay una sola definición del mundo.

Allí el hombre no puede acostumbrarse a un momento concreto y actuar de acuerdo a un patrón fijo porque hay muchos momentos distintos. Por lo tanto habría que actuar con un margen momentáneo, vivir por momentos. Ya no es el mundo de la noche, de las doce en punto, del atardecer o del amanecer...sino el mundo de los momentos que se suceden, que desembocan unos en otros... un río de momentos!

En este mundo cambiante el hombre debe irremediablemente vivir las distintas caras que el mundo le ofrece, instante a instante, y cualquier intento de permanencia es aniquilado por el inevitable paso del tiempo. Se trata de vivir en muchos mundos dentro del mismo, vivir muchos momentos pero sólo en uno.

Cada uno posee allí una forma de vida personal, un equilibrio entre su tendencia a buscar lo inmutable, la capacidad de ceñirse al instante y la de poder disfrutar de la  continua metamorfosis de la que forma parte. 

Javier Martínez López, agosto de 2001, Mazagón (Huelva)

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